La provincia de Tierra del Fuego es un archipiélago integrado por la Isla Grande, que compartimos con el país hermano de Chile, las Malvinas, la Isla de los Estados y la Antártida. 

Para ingresar o salir de la provincia hay dos opciones: en avión o por tierra. En este caso, a través de Chile, es preciso atravesar el Estrecho de Magallanes en barcaza y cruzar cuatro pasos fronterizos para ingresar otra vez a Argentina por San Sebastián o por Monte Aymond, en Santa Cruz.

Durante más de 30 años, la explotación de hidrocarburos y otras prácticas extractivistas en la provincia, así como sus impactos y daños en el ambiente, fueron invisibilizadas de forma deliberada por quienes las han desarrollado. La necesidad de habitar la región, las condiciones de insularidad y climáticas, los conflictos de soberanía con Chile e Inglaterra, el crecimiento poblacional, la falta de planificación y de infraestructura para satisfacer las necesidades básicas de los nuevos residentes, entre otras cuestiones, favorecieron la expansión del modelo extractivista de manera silenciosa. 

Desde la década del 90, el consorcio integrado por la empresa francesa Total Energies, la subsidiaria de British Petroelum, Pan American Energy y la alemana Wintershall Dea opera los yacimientos offshore de la Cuenca Marina Austral y tiene el monopolio de este tipo de explotación.

Hoy sabemos que las promesas de bienestar, desarrollo y crecimiento no son verdaderas.  Sabemos que pese a las divisas y regalías, la cuenta, deja un saldo negativo tanto en dinero como en daños, destrucción e impactos ambientales: ya sea por los subsidios que recibe la industria, los beneficios impositivos como el que prevé el régimen especial aduanero de la Ley 19640 y otras maniobras propias del mercado, el mundo financiero y la salida de divisas para sostener las inversiones del sector o para el pago de la ilegítima deuda externa. O bien por la contaminación, los derrames, el impacto a los ecosistemas marinos y la contribución al calentamiento global. Sea como sea, la cuenta nunca cierra.

En Tierra del Fuego, el extractivismo de la mano de la explotación offshore se ampliará y profundizará con la instalación de la plataforma Fénix que conectará con Vega Pléyade a través de un nuevo gasoducto, que incluye la perforación y explotación de 3 pozos para la explotación de gas. Esta plataforma se terminó de construir en Italia y al momento de celebrarse la audiencia pública 01/2023, ya estaba realizado el 60% de la obra. 

Además, se realizarán exploraciones sísmicas en 11 bloques repartidos entre las cuencas Malvinas Oeste y Marina Austral. Es decir, entre la Isla Grande de Tierra del Fuego y las Islas Malvinas. Imagínense un mar que ya no es libre, un mar que ahora es literalmente cuadriculado. Y por supuesto, las empresas mencionadas vuelven a protagonizar la fragmentación y entrega del mar. Y aparecen nuevas, como la inglesa Tullow, a la que se le otorgó la concesión de los bloques 114, 119 y 122 de la cuenca Malvinas Oeste. Es evidente que la soberanía se convierte apenas en una palabra propagandística, al momento de hacer campaña, pues cuando se trata de negocios y de la entrega del mar, deja de tener importancia. 

Si pensamos en las Áreas Marinas Protegidas de la zona: PENÍNSULA MITRE NAMUNCURÁ-BANCO BURDWOOD I y II; el ÁREA MARINA PROTEGIDA YAGANES  la RESERVA ISLA DE LOS ESTADOS Y ARCHIPIÉLAGO AÑO NUEVO c y la RESERVA COSTA ATLÁNTICA y declarada sitio RAMSAR;  y analizamos la expansión de las zonas de explotación y/o exploración de hidrocarburos, veremos la incongruencia entre cualquier acción o discurso de los gobiernos-empresas nacionales, provinciales y municipales y los acuerdos, convenciones, tratados y cumbres internacionales a las que asisten para decir “no más combustibles fósiles” o hablar catedráticamente y solo teóricamente sobre el calentamiento global.

Pese a todo esto y por todo esto, hoy desde Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, formamos parte de la Asamblea de la Comunidad Costera. A través de ella denunciamos, resistimos, luchamos y cuidamos el archipiélago que habitamos; conscientes de cómo queremos vivir y de que destruir para desarrollarnos no es una opción. Hoy nuestra asamblea es parte de la Red de de Comunidades Costeras, un entramado de cuerpos y territorios que se resisten a la fragmentación, que reconocen que el mar es uno solo, que el mar no se vende, se defiende y que solo en red y como comunidades comprometidas lograremos crear mundos mejores. El mar nos une.  

Descargar