Programa #4: El mal menor.

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Las personas nos organizamos, creamos espacios de resistencia y procuramos dar pelea cada día en cada lugar, pero la democracia capitalista nos dice que no hay salida, que el capitalismo y la democracia, han llegado para quedarse hasta el fin de los tiempos y que cualquier otra salida es imposible.

Ubicar esas experiencias en el territorio particular, minúsculo o solamente testimonial nos puede empujar a la resignación y nos manda a ese oscuro rincón donde el único juego permitido es el de escoger el mal menor.

De esa gravedad queremos hablar esta noche. Y nos pareció que lo más justo era plantearla como un problema, para que provoque, tanto en la audiencia como en nosotros, la percepción de que los momentos más decisivos de la existencia humana son aquellos en donde el resultado final de una ardua discusión nos obliga, no nos deja otro camino digno que no sea ponernos a inventar lo que aún no existe.

El mal menor, de manera explícita o implícita, siempre está al servicio de aquellos que quieren conservar el orden existente y no solo nos condena a elegir. Nos deja una sola chance: elegir, dentro de lo malo, lo menos malo. Porque si queremos otra cosa viene lo peor.

Ahora bien, nosotros no queremos conformarnos con la simple denuncia de este nefasto mecanismo cuya máxima casi metafísica es: “la única verdad es la realidad” y en donde el mal menor nos constriñe siempre a elegir en el campo de lo que el Estado decreta como lo posible.

Por eso traemos este problema, no solo para discutirlo colectivamente, sino para afirmar que nosotros apostamos que haya esperanza en la deriva. Que es posible un después de la deriva. Un después que estamos construyendo hoy, aquí y ahora

Este programa aspira a inscribirse en el marco de que es posible lo que parece imposible; que es posible una sociedad que responda al principio de igualdad; que es necesario refundar en este mundo nuevas políticas de emancipación; que es hora de gritar un ¡ya basta! que necesita anudar todas las voces para encarnarse.

programa #3: Trabajo

El trabajo nos atraviesa, es una experiencia cotidiana que nos interpela de forma más o menos violenta cada día, y aún así, o quizás por eso, pensar en el trabajo y, en su relación con la autonomía, implica un esfuerzo quizás inesperado. La sola pregunta acerca de qué es el trabajo, pregunta que pareciera responderse de forma evidente, abre múltiples miradas. Y avanzando un poco más, aún si tener aserciones suficientes, cabe preguntarnos: ¿Qué relación puede tener el trabajo con la autonomía? ¿Qué puede decir la política al respecto? ¿Es el trabajo un asunto puramente económico o implica además otra clase de asuntos?

Pensar el trabajo implica pensar el capitalismo, pensar la alienación, pensar la producción económica y también su distribución, pensar el empleo, el desempleo, el trabajo sin patrón, la organización de los trabajadores y la organización del trabajo mismo, en fin, una miríada de asuntos que, como ustedes habrán anticipado, no serán resueltas hoy aquí.

Quizás sólo tengamos la suerte de interpelar las miradas y experiencias propias intentando tomar de ellas algún trazo común que las ligue con otras y comenzar, poco a poco, a recorrer el largo camino de pensar juntos.

Somos cualquiera. Cualquiera piensa, cualquiera entiende, cualquiera habla. Y cualquiera trabaja. Lo que intentamos aquí no es autorizar la palabra con las credenciales del saber instituido, sino hacerla circular para que pueda resonar en cualquiera.

Por todo esto, este programa es para nosotros un desafío apasionante al que convidamos. Quién sabe, con la complicidad de la noche, logremos avanzar en una aventura imprescindible que es la de pensar sin partir de prejuicios e indagarnos acerca de cómo nuestras experiencias, tan pequeñas, tan cotidianas, pueden alcanzar una dimensión colectiva capaz de trascender nuestras individualidades, cómo lo cotidiano puede ser resignificado si lo miramos en detalle, si nos disponemos tan sólo a suponer que lo habitual puede no ser lo inevitable.

Programa #2: Educación

Nuestros estados modernos se edificaron sobre la base de algunos pilares fundacionales. La educación pública es uno de ellos. La finalidad política de la educación pública fue establecer un vínculo que permita vivir juntos a una heterogeneidad de individuos, costumbres y tradiciones, bajo una misma bandera, con un conjunto de normas y leyes, y una historia oficial. La educación pública contribuyó, de manera sustancial, a la construcción de una sociedad de ciudadanos para que convivan en un territorio nacional. Pero las sociedades contemporáneas no son cualquier sociedad. Son las sociedades que se establecieron como las dominantes de estos tiempos y, como sabemos, las sociedades actuales, como la nuestra, son capitalistas. Y vivimos, además, en un capitalismo que absorbió a lo que se suele llamar “democracia”, reduciéndola a un mero mecanismo eleccionario de renovación periódica de funcionarios, que administran lo único que es intocable: la expansión planetaria del capital. Esos funcionarios podrán administrar con mayor o menor sensibilidad social, pero el estado de las cosas parece una realidad y un destino inexorables.

La educación pública forma parte, y es un efecto, de esta sociedad en la que vivimos. Por lo tanto, una de sus tareas centrales es reproducir y propagar las condiciones de existencia actuales, que son las de este capitalismo democrático. La educación pública –o “la escuela” para decirlo simplificadamente– no transmite sólo conocimientos (incluso hoy, con la masificación de las tecnologías de información y comunicación, podríamos decir que ni siquiera cumple esa función). La educación pública transmite una forma de socializarnos, una manera permitida de relacionarnos y de actuar, individualmente y en conjunto. Desde chiquitxs, vamos siendo incorporadxs en un mundo que distingue lo permitido de lo prohibido, lo normal de lo anormal, lo que podemos hacer y decir, y lo que no, tanto en nuestras acciones personales como colectivas. Pero sobre todo, nos educa en qué es lo que se puede cambiar y qué no. Internalizamos que hay una posibilidad de cambio tolerable y otro que no. Aprendés que si querés modificar algo, lo podés hacer, pero sólo dentro de las reglas normales que autorizan las modificaciones. Como nos podemos imaginar, ningún cambio radical puede surgir de esas condiciones. Ningún sistema político, o socioeconómico, se suicida. Sería contradictorio imaginar que la educación pública pudiera horadar los cimientos de la sociedad de la que es un efecto. En alguna medida, podríamos decir que toda educación oficial es conservadora. Es conservadora del estado de las cosas que le da lugar como institución, en la sociedad en la que vivimos.

La lucha que están llevando actualmente los docentes es una lucha por la mejora de las condiciones laborales. Ante la severa precariedad del sistema púbico actual, la defensa de la escuela se presenta como una defensa de lo público sin más. Pero esta coyuntura acuciante suele ocultar la pregunta crucial por el sentido de la escuela actual. Preguntarse por el sentido de la escuela de hoy parecería impertinente frente al acoso que está sufriendo. Como si el aspecto dominante del conflicto no permitiera otra alternativa que encolumnarse tras las representaciones sindicales y avanzar todos juntos, supuestamente, para el mismo lado. No habría que pensar demasiado sino actuar, porque toda reflexión que corriera un poco el eje de la discusión gremial no lograría otra cosa que beneficiar al gobierno.

Pero las urgencias suelen ser un enemigo letal del pensamiento.

La voluntad de quienes hacemos Después de la deriva es tratar de interrumpir, de alguna forma, la normalidad del estado de las cosas. Y para eso buscamos corrernos no sólo de la manera dominante de pensar la sociedad sino también de la manera dominante de pensar los conflictos. Aspiramos a poner el enfoque en otro lugar, de modo que nos permita recomponer el escenario de una manera diferente. Queremos ofrecer una alternativa a lo que se dice y piensa de manera habitual, e intentar lograr otra percepción posible de nuestro presente, ya sea en sus hegemonías como en sus conflictos.

Por eso, en este segundo programa, nos pareció importante abordar la cuestión de la educación pública, muy especialmente en las circunstancias actuales, en medio de la lucha que están llevando adelante maestros y profesores. Querríamos ampliar las miradas existentes y vincular la cuestión puntual de la recomposición salarial con el trabajo docente en sus múltiples expresiones. Nos gustaría poder visibilizar que dentro de la lucha gremial hay otras luchas que intentan no agotarse en el reclamo paritario, y que están interpelando a la propia comunidad educativa desde su interior. En fin, queremos hacer resonar otras voces y otras perspectivas diferentes de las que habitualmente se ocupa la difusión mayoritaria.

Por esto, invitamos a nuestro programa de hoy a Paula Aldrovandi y Patricio McCabe para que nos cuenten sus experiencias en la militancia docente dentro del conflicto y para conversar un rato, a partir de esas experiencias, sobre esas otras cuestiones que interpelan a la educación más a fondo, y que las urgencias de lo inmediato pocas veces nos permiten encarar.

Programa #1: Autonomía y Política

¿Por qué un programa que hable de autonomía? ¿Por qué a media noche, cuando muchas ya duermen, largarse a pensar la política, meterse con conflictos o contar las luchas?

Porque nos puede escuchar cualquiera. Siempre habrá alguien despierta para escuchar, interpelar, rumbear por las derivas.

Siempre habrá oyentes con quienes preguntarnos: ¿Política? ¿Qué es eso de política, donde la hay? ¿No era que estaba secuestrada?

Si y no.

 ¿Por qué un programa que hable de política entonces, a la medianoche?

Porque nos gustan los comienzos, los cruces y los límites.

Porque intentamos ver, buscar, hacer políticas emancipativas, autónomas. En ruptura con el pasado.

Pensamos que la política es una experiencia de pensamiento, práctica y organización que se realiza contra el Estado y la lógica social imperante, y nos cuentan que por las noches, la hydra capitalista relaja sus fuerzas.

Porque creemos que hay otras lógicas y la intervención realmente transformadora es la que antagoniza radicalmente no solo con sus programas y métodos sino con sus acciones organizadas; y la medianoche es el mejor momento, para el mejor después, hacia «Después de la deriva».